¿Sabías que China fabrica cerca del 90% de los robots humanoides que se venden en el mundo? En 2025, se enviaron unas 13.000 unidades, con empresas chinas como AgiBot, Unitree y UBTech dominando el ranking por volumen, según datos de Omdia recogidos por Bloomberg. Esto es un logro impresionante, especialmente si se considera que Tesla, con toda su reputación de marca y todo su aparato industrial, desplegó internamente alrededor de 800 unidades del Optimus ese mismo año.
La cifra de 13.000 unidades es significativa, y aún más lo es cuando se compara con el número de unidades desplegadas por Tesla. Pero, ¿qué hay detrás de este éxito de China en la fabricación de robots humanoides? La respuesta no es tan simple como podría parecer. En Occidente, hay dos versiones comunes para explicar este fenómeno: la primera es que todo esto es el plan quinquenal, la mano del Estado, la política industrial hecha robot; la segunda, reservada a los más condescendientes, es que los chinos copian.
Sin embargo, ninguna de estas explicaciones es del todo cierta. La ventaja china en robótica no viene del Partido Comunista, sino de la densidad de los ecosistemas de fabricación en el Pearl River Delta y el Delta del Yangtsé. Estas regiones ofrecen una gran cantidad de componentes y suministros, como motores, actuadores, sensores y PCBs personalizados, que están disponibles a la distancia de un paseo. Esto permite a las empresas chinas iterar y mejorar sus diseños de manera rápida y eficiente.
Unitree, una de las empresas líderes en robótica en China, es un ejemplo de esto. Cuando quiere probar un nuevo diseño de articulación, puede cruzar la calle y obtener el componente adecuado. En cambio, un equipo en San Francisco tiene que esperar semanas para recibir el mismo componente desde China. Esta diferencia en la velocidad de iteración es fundamental en la ingeniería de hardware, ya que permite a las empresas chinas construir una ventaja técnica acumulada de manera más rápida.
La diferencia en la velocidad de iteración se debe a la infraestructura, no al talento. Los ingenieros chinos y americanos son igualmente capaces, pero la capacidad de obtener componentes y suministros de manera rápida y eficiente es lo que marca la diferencia. Romper un robot, aprender, sustituirlo y volver a intentarlo: eso es lo que construye la ventaja técnica acumulada. Si romper un robot cuesta tres semanas de logística, el aprendizaje se para y los tiempos se alargan.
China sí tiene apoyo estatal, y es completamente legítimo señalarlo. El gobierno ha inyectado mucho dinero en el sector de la robótica y ha fijado objetivos de producción. Sin embargo, no es que Silicon Valley sea una región empobrecida: tiene más capital, inversores con más experiencia y recursos, y más décadas de experiencia financiando apuestas de alto riesgo. Si esto fuera una guerra de ver quién tiene la chequera más gorda, Estados Unidos ganaría con comodidad. Pero no lo es.
El dinero estatal chino viene con ataduras: se clasifica como “activo del Estado” y los fundadores asumen responsabilidades personales si la empresa fracasa. Eso empuja el capital hacia apuestas políticamente seguras, no necesariamente hacia las más innovadoras. Por lo tanto, la pregunta es: ¿puede Occidente recuperar terreno en robótica? La respuesta es sí, pero no como lo está intentando.
Atraer talento extranjero ayuda en el margen, pero no resuelve el problema de fondo. La equiparación pasa por construir cadenas de suministro locales capaces de entregar una pieza de repuesto en dos días, no en dos semanas. Y eso no es un problema de inmigración ni de I+D. Es un problema de base industrial, y resolverlo lleva muchos años de trabajo. Y del trabajo ingrato, del que quizás recojan los frutos los que lleguen después.
Hasta entonces, vamos a ver muchos más vídeos virales de robots chinos haciendo piruetas con una naturalidad cada vez mayor. Y es porque han construido el mejor entorno del mundo para romper cosas y volver a intentarlo. En ingeniería, eso explica casi todo.
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