¿Sabías que estamos a cuatro días de regresar a la etapa más inquietante de la historia: la de un mundo sin control de armas nucleares? Después de más de cincuenta años de acuerdos, inspecciones y mecanismos de transparencia que habían reducido drásticamente el número de cabezas nucleares desde el pico de la Guerra Fría, el tratado New START, el último acuerdo que limitaba de forma legal los arsenales nucleares desplegados de Estados Unidos y Rusia, expirará este jueves.
El acuerdo, firmado en 2010 y prorrogado en 2021, fijaba un tope de 1.550 ojivas estratégicas por país y permitía intercambios de datos e inspecciones in situ diseñadas para evitar malentendidos peligrosos. Sin embargo, su desaparición no solo elimina los límites formales, sino también el sistema de verificación que daba verdadero valor al tratado, en un contexto marcado por la guerra en Ucrania, la suspensión unilateral rusa de las inspecciones y un clima de desconfianza que hace décadas no se veía.
La escasa reacción política en Washington es sorprendente, considerando que el mundo entra en una era sin restricciones nucleares por primera vez desde los años sesenta. La administración de Trump ha dejado el tratado morir sin una posición clara, al tiempo que dentro del aparato de seguridad crece la presión para aumentar el número de armas nucleares en lugar de reducirlas.
Este vacío contrasta con las advertencias de expertos y con el simbolismo del Reloj del Juicio Final, que se ha acercado más que nunca a la medianoche, un fiel reflejo del temor a una carrera armamentística descontrolada que podría implicar no solo a Rusia y Estados Unidos, sino también a China.
Si hacemos un ejercicio de futurología y todo sigue el curso esperado, a partir del jueves y ya sin el tratado, Estados Unidos, por ejemplo, podría volver a “cargar” múltiples ojivas en misiles que hoy llevan solo una, una práctica abandonada para cumplir con New START, mientras que Rusia conserva la capacidad de hacerlo rápidamente porque nunca dejó de desplegar misiles con múltiples cabezas.
En este punto, muchos analistas advierten de que Moscú podría reaccionar con mayor rapidez que Washington en un escenario de escalada, mientras Pekín sigue ampliando su arsenal a un ritmo no visto desde la Guerra Fría, aunque aún lejos de las cifras de las dos superpotencias que lo iniciaron todo. La combinación de desconfianza, nuevas armas no cubiertas por acuerdos previos y sistemas emergentes como drones nucleares submarinos o misiles exóticos agrava la sensación de estar entrando en un terreno estratégico desconocido.
Pese a todo, aún existe una pequeña ventana para evitar el peor escenario, ya que Rusia ha insinuado que podría seguir respetando voluntariamente los límites y antiguos negociadores defienden que aceptar una extensión temporal con inspecciones restauradas sería un gesto pragmático y barato para ganar tiempo.
Más allá de la técnica, el colapso de New START simboliza algo más profundo: la erosión de la idea de que la estabilidad nuclear se gestiona mejor con reglas, comunicación y transparencia que con acumulación de armas. Si este momento marca solo un bache o el inicio de una nueva normalidad dependerá de decisiones políticas inmediatas, aunque el consenso entre expertos es meridianamente claro: sin algún tipo de control, el mundo entra en una fase más peligrosa, más inquietante, más opaca y, por descontado, con menos margen para el error.
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